domingo, 17 de octubre de 2010

Relatos de una libreta (II): La ciudad de los mendigos

Volvía a mi apartamento. Atravesaba un parque frondoso, de esos que jamás verás en gran parte de España, hasta que algo captó mi atención: alguien llamaba por detrás de mí:
- "Hey, hey!"

Me sentía extraño. Estaba en tensión esperando el típico "¡Eh, mierda! Dame un euro", sin caer en la cuenta de que me encontraba en la otra punta del mundo. Como no sabía si se dirigían a mí (la diferencia idiomática era considerable), decidí seguir andando. Volví a escuchar la llamada del ahorro y, esta vez sabiendo con certeza que se dirigía a mí, decidí probar mis habilidades lingüísticas para saber lo que quería.

Al girarme, me pude fijar en que era uno de esos hombres de la calle, un sin techo. No era algo inusual, pues Vancouver es la ciudad del país que más mendigos alberga entre sus calles y callejones, al parecer, por ser la ciudad más cálida de Canadá (con tan sólo -10º en invierno y sin nieve en el centro de la ciudad), lo que posibilita la supervivencia a la intemperie. Portaba todas sus pertenencias en un carrito del Mercadona canadiense y recogía todas las latas que encontraba para después venderlas.
- "Por favor, ¿puedo leer tu camiseta?
- Sí, claro. Aunque está oscuro y es dificil de leer (en realidad, quería decir que estaba borrosa por el paso del tiempo y los lavados porque, encima, era a plena luz del día, pero intenta explicarlo en inglés).
- Creo que pone "playa", ¿verdad?
- Puede ser. Parece que sí (sigo sin ser capaz de leer esa camiseta).
- Muchas gracias. Es que no fui al colegio y me cuesta leer."

Después de aquella curiosa escena y de sentirme gilipollas una vez más hablando en inglés (me daba un poco igual porque hablaba con todo el mundo y hasta entoné una vez "Stairway to heaven" con otro señor de la calle en mi perfecto inglés), subí a casa, cené y me fui de fiesta a beber jarras de cerveza por el módico precio de 18 dólares.

Aquella ciudad tenía algo extraño. Ya el primer día nos advirtieron que no pasásemos por Hastings de noche y, a ser posible, tampoco de día. Cuando pasé con el bus, mis ojos no daban crédito. Los drogadictos pinchándose en la acera, personas temblando, y no de frío, en medio de la calle, gente tirada en el bordillo durmiendo, mendigos que pasaban por ahí recogiendo sus latas, etc. Y es que en ese trozito de avenida reparten agujas esterilizadas y hay médicos que supervisan las dósis, por eso del SIDA y tal. Si no puedes con tu enemigo (que existe desde siempre, como Fraga, y que es casi imposible de erradicar, como el botellón), únete a él.

En el resto de la ciudad no verás nada de eso, sólamente ahí, donde los tienen arrinconados y sin molestar. En el resto, sólo verás mendigos recogiendo sus latas, como si éstas fueran el salvoconducto de la ciudad y de sus vidas.

2 comentarios:

  1. El curioso caso del pedidor amable y el ensañador torpe (con el inglés)

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  2. No sirvo para profesor. Por eso estoy en periodismo jeje

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